Decía Shakespeare en Julio César que el mal que hacen los hombres les sobrevive. La educada visita nos lo presenta como parte principal de la capacidad que manifiestan los individuos para destruirse continuamente unos a otros, pero lo hace desde una perspectiva inquietante: “¿Puede un hombre culto, conocedor de la filosofía y las letras, muy entendido en música clásica, más que virtuoso intérprete de Mozart al piano, poseedor de los más exquisitos modales…? Puede ese hombre asesinar impunemente en nombre de sus… digamos… ideas”. Sobre las tablas del teatro, un anciano nos muestra una escena: una viuda en la Francia ocupada de la Segunda Guerra Mundial es visitada por un oficial de las S.S. La conversación educada y formal contrasta con el verdadero objetivo de la visita.
Y, sutilmente, se abre ante el espectador una reflexión ética sobre los valores morales, los traumas y la culpa de los que sobreviven en medio de la tragedia, todo en un espacio escénico semivacío, donde una mujer se verá forzada a asumir las consecuencias de una decisión impuesta de manera violenta y cruel.